lunes, 2 de mayo de 2011

Hay muchos días que me acuerdo de mi padrí (mi abuelo paterno) y rememoro sin poder, ni querer evitarlo, recuerdos buenos de mi infancia.
Alguna que otra vez he hablado de él en Divagando Divagando, así que sus lectores sabrán lo especial que fue para mi el padre de mi padre, y lo mucho que me llegó a marcar su vida y su muerte; tanto...que jamás he podido olvidar ni un sólo minuto de los que me regaló, siendo que este año hace 20 años que murió.
Aún hoy por hoy, sabiendo que en su día, él como muchos de mis ascendientes, fueron protagonistas de los periodos convulsos que les tocaron vivir, participando activamente en la política de su tiempo (debe ser el único gen parecido que corría por las venas de ambas familias de tan polos opuestos, la de mi madre y la de mi padre); aun así...hay cosas que me quedan por descubrir de mi abuelo y de su historia. 
Misterios, tabúes, incógnitas de dos familias, que el destino quiso unir a través de un rosal de espinas y que el silencio soldó para ser él quien regara ese rosal. 

Cuando yo nací mi abuelo ya llevaba tiempo siendo abuelo, era un papel que le venía a la perfección porque él adoraba a los niños, a pesar de que no pudo criar a ninguno de sus hijos por motivos económicos. 
Mi padrí te regalaba besos sin tocarte más que para el primero y el último (el de recibimiento y el de despedida, que encontrabas de golpe haciendo que te vieras envuelta entre sus brazos, sintiendo como si estuvieras dentro de una madriguera, a salvo y tranquila); a él no le hacía falta darme más besos, sabía darte cariño como un maestro de la mente y los signos corporales, transmitía con sus bromas, sus guiños, sus silencios con sonrisa y sus actitudes más de lo que nadie me ha transmitido jamás (tal vez lo de la mala expresión oral me venga de él...); hacía que te sintieras en el carnaval de la felicidad. 
Te dejaba equivocarte... si, me sentía niña; de hecho, siempre junto a él pensé que era la niña con más suerte del mundo. Sentía que merecía a mi padrí. Siempre contaba los días y minutos para volver a verle y cuando llegaba la Navidad y él cargaba su Tronc De Nadal hasta mi casa, aquello era un sueño.
Cuantas veces de renacuaja, en el asiento de atrás de su lata de sardinas, hacía que mirara al cielo al exclamar...¡NO, mira! mira! un elefante volando! y yo miraba...no lo veo padrí...¿donde está..?. jolines NO, ya te lo has vuelto a perder.
Cuantas veces miraría  al cielo después y sigo mirando pensando en él....
Él, su perra (la Vinga -venga en castellano- un tekel negro de pelo corto y duro, al que ahora el mio, Lucas, me recuerda mucho), mi hermana SunSun y yo solíamos sentarnos en un terraplén de un bancal del pueblo donde mi padrí y mi padrina vivían en una casa alquilada (después de vivir muchos años en el Molino; nunca tuvieron una casa en propiedad); los cuatro, comiéndonos un popeye cada uno; es una imagen que guardo en la memoria a largo, corto, medio e inmediato plazo; estará ahí siempre.
Esa imagen y la de dos pedugas en el antiguo campo de fútbol del Lérida, un barrizal, al lado de las atracciones (cuatro cosas para entonces...), donde SunSun y yo mientras mi abuelo miraba el fútbol al lado de la barandilla, nosotras jugábamos a dar vueltas sobre ésta y esperábamos con ansia el descanso del partido, porque sabíamos que nos montaría en alguna atracción.
Siempre recordaré que el deseo de toda la vida de mi padrí era ver al Lérida en primera división....y éste subió a dicha división justo al año siguiente de morir mi abuelo; nunca en su historia había subido a primera y lo hace cuando mi padrí no lo podía ya ver.. !mierda de equipo!. Le hicieron un estadio en condiciones, que es el que ahora está y bajó a segunda tan rápido como subió a primera, donde nunca más ha vuelto a estar.

Mi padre en Ilerda tenía su trabajo, todos los días, como todos, excepto los fines de semana (sino le tocaba viajar por trabajo..). Además de su trabajo en una empresa de cuyo nombre no consigo olvidarme...que cruz... tenía varios puestos (dos pollerías y dos hueverías) en dos mercados, el Mercat de Cappont y el Mercat de Fleming; ambos mercados municipales y que se crearon en la ciudad cuando yo tenía cuatro o cinco años, si no recuerdo mal.
Ahora ya no existen las hueverías en los mercados y los huevos que compras suelen estar en puestos de diferentes ámbitos, carnicerías sobretodo, y colocados en hueveras; antes los vendíamos en bolsas, así que, lógicamente...la huevería era el último lugar donde las amas de casa venían a comprar antes de irse a su hogar = los huevos tenían que quedar siempre en lo alto del carrito de la compra para que no se reventaran en la bolsa. Los caracoles se vendían como hoy día se siguen vendiendo, en sacos de red por kilos.
Mi padre se montó estas dos pollerías y estas dos hueverías con su mejor amigo (que aún sigue siéndolo), y debido a que la empresa donde trabajaban ambos era una empresa avícola (donde empezaron los dos de comerciales y terminaron de directivos, uno de ventas y el otro de cuentas), manejaban el producto y dirigían los puestos del mercado, además de generar puestos de trabajo.

Me encantaba estar en el mercado, supongo que de ahí me viene el encanto que me producen los mercados... , las ferias de artesanía..las gastronómicas, los mercados árabes, el del Carmen en Tel Aviv etc... todo lo que reuna puestos en el exterior me gusta, colores y aromas, los sentidos se me disparan y el tiempo se volatiliza.
Pero como podéis imaginar lo que más me gustaba de estar en el mercado era que ahí siempre estaba mi padrí vendiendo huevos y caracoles. Y como no....ahí estaba yo con él, siempre que mis padres me dejaban. A la tierna edad de ocho y nueve años SunSun y yo solo pensábamos en aprender a vender huevos y caracoles tan bien, que mi padrí estuviera orgulloso de nosotras. Nos costó convencerlo para que terminara por permitírnoslo, y siempre fue por acuerdo tácito entre los tres y a hurtadillas de mi padre.
SunSun y yo nos poníamos sentadas en el suelo del puesto y mi padrí nos daba un ejemplar de los diferentes tipos de huevos y de los diferentes tipos de caracoles, y nos enseñaba las diferencias y sus nombres para que los aprendiéramos; más tarde vino el acordarnos del precio de cada tipo....¡¡ya se olía que pronto llegaría el día que nos dejaría vender con él!!! Así fue, mi padri llegó a estar tan orgulloso de lo rápido que aprendimos y de como vendíamos subidas a un taburete y cómo con nueve años cobrábamos bien y dábamos las vueltas mejor, que incluso alguna vez lo echamos del puesto para que se fuera al bar del mercado a desayunar y descansar. Fue mi primer compañero de trabajo, y por supuesto el mejor que tendré, de eso estoy segura.

Recuerdo la única ocasión en la que le fallé en el puesto. Las mujeres pasaban por la huevería antes de marchar para casa y tenían la costumbre de ser también el primer lugar por donde pasar para dejar el recado de lo que querían y recogerlo ya preparado, al marcharse del mercado. Evidentemente, para unas niñas de nueve o diez años las mujeres de 40, 50, 60 y 70 años nos parecían iguales; todas con su pelo corto y cardado impoluto con un litro de laca (finales de los ochenta...viva la era del aniquilamiento masivo del cuero cabelludo a discreción y sin contemplaciones con productos químicos abrasivos); todas con el carrito, monedero en ristre, y blusas sedosas horteras, de hombreras como mi cabeza una en cada lado, y gafotas gigantes que apenas te dejaban apreciar la cara de la que te hablaba, con cristales tintados de leves tonalidades amarillas o verdes.
De esta guisa un error tarde o temprano teníamos que tener, y así llegó el único error que tuvimos en todos los días que estuve con mi padrí vendiendo huevos. El día DEL FALLO mi padrí se había ido a tomar café al bar del mercado; una de estas señoras me dejó el recado de lo que quería para pasar a buscarlo al final de la mañana e inmediatamente otra señora muy parecida a la anterior hizo lo mismo; la primera que vino a buscar su pedido fue la segunda y a ésta le di y cobré el encargo de la primera y a la inversa con la otra.
Se montó un cisco. Fui a buscar a mi padrí al bar y resolvió el entuerto, siendo que las señoras no se habían enfadado (lógico...les atendían dos crías); pero mi padrí si se enfadó....cuando se fueron las señoras nos gritó y nos castigó debajo del mostrador dentro del puesto. Sentí morirme. Mi abuelo enfadado...nunca jamás lo había visto enfadado...nunca; se le pasó pronto, y nos pidió perdón, nos besó y vi como se le enrojecían los ojos; todo pasó.

Después con el tiempo asocié lo que ya le empezaba a ocurrir a mi abuelo...que estaba enfermo, tenía cáncer de vejiga. SunSun y yo meses antes de este hecho empezamos a notarlo más cansado de lo normal...pero jamás oí una sola queja de su boca, jamás. El día que presencié su infarto en el mercado y lo vi en el suelo (imagen que no se me va de la cabeza) sentí de nuevo morirme; las dependientas de la pollería de mi padre me despegaron del brazo de mi abuelo que yacía en el suelo, a pesar de mis patadas y mis arañazos; se lo llevaron al hospital y se recuperó; pero ya no podíamos ir al mercado...ni él, ni nosotras.
Cuando mi madre meses después nos confirmo que mi abuelo tenía cáncer lloré....lloré....lloré...y lloré...no podía ser, otra vez el maldito cáncer... ¿qué era eso del cáncer que me estaba jodiendo la familia? pero jamás lloré delante de él; pensé que se salvaría o al menos eso quise pensar, si recién se había salvado mi hermano ¿porqué no mi abuelo? mis padres sabiendo la relación que teníamos SunSun y yo con nuestro padrí, nos dejo estar horas y horas con él en el hospital, a pesar de que su estado físico se iba degradando cada vez más; luego supe que mi abuelo se lo había pedido a mis padres, fue voluntad suya, quería morirse con nosotras a su lado.
Lo paseábamos en la silla de ruedas pasillo arriba pasillo abajo en el hospital y nos turnábamos SunSun y yo, una tiraba de la silla de ruedas y la otra le daba la mano, siempre nos peleábamos por éste último puesto. Las enfermeras nos adoraban. Viví su cáncer día a día. Sufrió mucho, lo pasó muy mal, pero no le oí ni una sola queja.
Mi padrí fumó toda la vida y fumó mucho; yo sabía que el pensaba que prefería morir antes y vivir feliz mientras pudiera, era su filosofía de vida y yo la respetaba (por eso le daba popeyes a su perra), pero supongo que jamás pensó que moriría tan poco a poco y sufriendo tanto..
La última vez que ví a mi abuelo fue en el hospital estirado en la cama, mi madre nos dijo que nos despidiéramos de él, algo que me sonó muy raro (siempre me despedía de mi padrí); primero él le dio dos besos a Crudins, luego a SunSun y después me agarró del brazo y me dijo que me acercará al oído que tenía un secreto para mí; me dijo: `prométeme NO que cuando yo no esté aquí, te encargarás de los puestos de mercado y los atenderás tú, que lo haces muy bien´ le susurré que se lo prometía sintiendo como la sangre se me había bajado totalmente a los pies, y que apenas me salían las palabras del nudo que tenía en la garganta, eso quería decir que se moría..; me dijo que me quería mucho y le dí un abrazo y un beso fuerte.

No me dejaron volver a verlo; murió 4 meses después. Recuerdo como nos dió la noticia mi madre a SunSun y a mi y recuerdo no volver a ser la misma persona desde entonces.

A los 9 meses de morir, a mi padre le trasladaba la empresa a Zaragoza porque ésta  se había fusionado con una multinacional francesa y le habían ascendido (a su mejor amigo ya le habían trasladado un año antes), y por lo tanto, mi padre vendió los puestos del mercado; grité, grité y grité...no podía venderlos!! le conté a mi madre la promesa que le había hecho a mi padrí. Ya estaba hecho.
Seguro que mi padrí se meo de la risa cuando defendí mi promesa ;)

10 comentarios:

Patito dijo...

Que lindo es hacerse amar no cualquiera puede hacerlo es un don.

No dijo...

Cierto Patito ;)

el chico de la consuelo dijo...

qué bonita historia...tierno, tierno...yo a mis crios les digo que no desaprovechen las historias que pueden contarles sus abuelos porque es una suerte tenerlos.

Por cierto dile a tu seguidora ultramarazul que no deje de ver en Leon (nicaragua) un atardecer cuando se esconde el sol en la playa de poneloya... es un lujo.

No dijo...

Y que lo digas...es una suerte tenerlos ;) ¡¡que aprovechen todo lo que puedan!!
Dicho y hecho, ya se lo he dicho ;)

pseudosocióloga dijo...

Una entrada entrañable.
¿Qué son popeyes?

No dijo...

Son los tipos helados de hielo sabor naranja, fresa y limón de forma rectangular que se vendían por 30 pesetas cuando era pequeña. Desaparecieron hace más de una década...se renovaron. ;)

el chico de la consuelo dijo...

acabo de leer el relato de ultramarazul de la niña nicaraguense y es una pena que esté yo esta noche recuperando el trabajo perdido en los dos dias que he estado KO (ya contaré mi percance) porque me entran unas ganas locas de contar mi viaje a Nicaragüa y las sensaciones que recuerdo de aquel pais y sus niños.
Entre tanto te pongo el enlace a mi blog a una breve entrada mia vieja con referencia a aquel viaje.


¿qué hace ultramar por allí es cooperante?

Allí no comento porque me parece muy vuestro.

No dijo...

Pues Chico de la Consuelo, te animo a que escribas sobre tu viaje a Nicaragua, me encanta leer las maravillas que los demás ven por sus ojos y las sensaciones que les producen, es como viajar a través de las palabras; también queda pendiente la autoflagelación opositora..;). No dirás que no te animo ¿eh? jejeje.

Ultramarazul es el blog de una amiga medio-punk de mi hermana pequeña (y tengo que decir, que es una tía cojonuda, al menos a mi...es que me cae genial), que fue con el novio a hacer las américas, sino recuerdo mal, por enero de este año.
Ella es artista (pintora y escultora); yo le encargé que me pintara un mural sobre la pared en La Casa del Ruido hace ya unos años; compartiendo ideas.
No es cooperante, pero si lo fuera, seguro que cambiaba el mundo para bien. Estoy segura.

Besis

NáN dijo...

Una entrada muy tierna, válida para todos: el papel de loas abuelos es fundamental (yo no los llegué a conocer siendo consciente). Es bueno estar rodeada y apoyada por un espíritu así.

Un gran abrazo

No dijo...

Gracias Nán!! ;)

Besis gordos

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